martes, 22 de enero de 2013

De la mala suerte. O tener que volar con Air France.

Aun sabiendo que te pasarás casi medio día volando, corriendo entre aeropuertos y caminando entre sus interminables pasillos, una no puede menos que maravillarse –o al menos hasta hace unas semanas- de la sensación de irse por ahí en un avión.

Aquí el problema parte de la aerolínea que escojas… ¿escojas, he escrito? Qué va. Para nada. Una hace su reserva y se acoge a todos los santos del calendario que haya hecho una buena elección. Primer fallo: elegí a la aerolínea danesa, pero no era por esa sino la que para en París, ciudad preciosa de país precioso, y que será todavía más maravillosa cuando no haya ningún francés pisando sus suelos, en fin… y aquí va el telegrama-reporte correspondiente:

-          Salimos tarde, media hora. Nada del otro jueves si no fuera porque sólo había una hora escasa para hacer migración y cambiar de avión en París. La ley de Murphy indica además que nos tocará –y nos tocó- la última puerta del último pasillo de la última letra del Charles de Gaulle.

-          Ellos no hablan inglés. O no quieren. O hablan y no quieren.  O quieren y no saben. No sé.

-          Escena 1: mexicanas cansadas y corriendo llegan a puerta de embarque, las recibe francés ¡precioso! y les informa –en francés- no sé qué y señala la maleta. Mexicana pregunta en inglés si le entiende y hermosa criatura contesta que no. ¿Español? Tampoco. ¿Y entonces? Hasta que viene otro chato, no tan hermoso, y chapurreando informa que hay que facturar lo de mano…

-          Escena 2: mexicanas instaladas en sus asientos de fila 3422 a la hora de la comida. ¿Alguien había olido a pescado en un avión? ¡Este sí, mil veces sí! Mexicana de más edad y otros se sienten fatal del estómago… ¡pero hay pollo también, vivan los milagros! Llega la bandeja… y es de pescado. Mexicanita explica en inglés que cero pescado aquí, por favor, y la azafata ¿sorpresa? no habla inglés. Traen a otro chato. El único, por lo visto, que lo habla. Sorry, ya no hay pollo. Ni un pollo en el avión. Mexicana tomará dos cenas si le parece bien…

-          Escena 3: por un lapso de 7 horas, los azafatos y azafatas se esfuman en la dimensión desconocida ¡no se les ve el pelo! ¿Quieres beber algo? Te levantas y vas. ¿O comer? Sólo galletitas. La fila hubiera dado la vuelta a la esquina si hubiera habido esquinas. ¿Una toallita húmeda? Eso es del jurásico. Hala, a ver la tele y dormir la mona, no molestar al personal…

-          Escena 4: 10 horas después, mexicanas buscando sus maletas, que salen juntas por el carrusel… seguidas por las ruedas de una de ellas. Se levanta un reporte –en español, ¡por fin!- y se aclara que se repondrá la maleta, pero en el destino final.

Y eso a la ida. La vuelta sólo puede ser clasificada de surrealista.

-          Escena 1: mexicanas traspasando un kilo, un kilo de yo-que-sé-qué de una maleta a otra. O eso o pagar 80 dólares. Cielos.

-          Escena 2: pero como igual hubo que pagar maleta extra, el numerito sucedió en ese mostrador, cuando la empleada informó a la usuaria delate mío que el importe era de 116 dólares. Y como la usuaria no hablaba español, la empleada, diligentemente, lo que hizo fue ¡deletréarselo lentamente en volumen 10! Oh, sí: “Cieento-dieci-seis-dóoolares”. Madremíadelamorhermoso…

-          Escena 3: sentadas y contentas, listas para lo que seguía… oh, felicidad, estas azafatas y azafatos sí hablaban inglés ¡vive la France!... Pues no. Justo en mi asiento no sirvió la pantalla. Lo único bueno fue que –en inglés- me ofrecieron otro asiento para poder ver alguna película… Y bueno, sí, hubo pollo con pasta sabor chipotle para comer…

De verdad, nada de mala sangre contra la aerolínea francesa. Son en realidad los franceses los que me sacan de mis casillas. Pero ya no digo más, no sea que la siguiente vez me vuelva a tocar y me vaya bastante peor. Y dentro de todo, nosotras sí llegamos completas a nuestros destinos, aunque con esa triste sensación de que ya se acabó, para siempre, ese placer que era volar.

Luego más. Hay mucho más.

martes, 23 de octubre de 2012

26 dos veces. Empiezan los festejos.


Es que si quieres una prueba más tangible de que el tiempo no deja de pasar, sólo piensa que hace una nada, la criatura estiraba la manita para recibir ilusionada unos centavos y gastárselos en sus excelsos gustos culinarios –vamos, dulcería sobre todo; o que la manita en lugar de estirarse se encogía, porque la condenada se quedaba con cuanto cambio cayera en ella. Lo bueno del tema es que sus genes y hormonas tiraron hacia la generosidad y la honestidad, no por ese orden y ni juntos ni revueltos, pero su buen corazón prima por sobre todo y de ahí que cualquier detalle de su parte se convierta en un evento para servidora. 

Esta vez me toca cumplir 26 dos veces ¡y da mucha emoción! Aunque una diga que no importa, que nunca piensa en minucias como ser diabética, menopáusica o ligeramente más ancha de frente y fondo ¡pues claro que lo piensa, a ver! Por eso se vuelve básico vivir cada día, porque también llegas a la conclusión, casi sin darte cuenta, de son más, muchísimas más, las cosas buenas alrededor que de las otras. Supongo que también por eso nunca tengo tiempo de actualizar mi perfil… 

Llevome la heredera de paseo de fin de semana, organizado y pagado por el producto de su trabajo fecundo y creador –y que sí, como muchos más en esta crisis de caballo, resulta que se acaba de acabar-. Total, que hasta la transportación estaba incluida, básicamente porque era yo quien iba a llevar el coche. Minucias, ya lo dije. A cuatro horas de casa la aventura se veía interesante porque ambas –gracias, ¡gracias!- compartimos esa pasión por escuchar la música que nos gusta hasta el cansancio (propio y general), por cantarlas en directo homenaje a la raza cuadrúpeda que rebuzna y hasta bailarlas sentaditas y agobiadas por el cinturón. ¡Pues cuatro horas a la ida y cuatro a la vuelta escuchando exclusivamente la selección que la criaturita se preparó para la ocasión! osease un repaso importante y conocido de aquellos tiempos de Flans y Kajagogoo; llegar al destino y disfrutar de no hacer nada más que dejarse mimar: ¿una manicura? Pues una manicura. ¿Con facial? Of course, my horse. Ah, y un masaje completo con barro de quién sabe dónde –y mira que sí que prefiero no saber, ya ves… que al jacuzzi. Ahora a las cabinas. Y más nombres demasiado nuevos y poco usados para recordarlos ahora. A echar un boliche-bolos. A hacer el oso, vamos. A ver películas de miedo… 

Y a hablar. Hasta por los codos entre canción y canción, sobre todo, del pasado y del futuro, abriendo los baúles y sacando todo tipo de trapos. ¡Qué alivio, que confort te da tener a un alguien tan increíble al lado! Las horas, por eso, a veces no saben a nada y se van, y otras se quedan impresas en la mente para siempre. Todo eso mientras al cuello porto orgullosa la nueva joya de la corona, otro exceso más dentro de todos esos que la hija mía hace partiendo del fondo de su hermoso corazón. 

Basta de cursilerías. Aquí se trata de compartir esos ratos en fechas señaladas, de entre miles todas las horas, y de decir en voz alta, quiero decir en letra impresa, que yo la homenajeo a ella, que me homenajea a mí cada vez que se ríe, cada vez que limpia el cajón de su gato, cada vez que demuestra que, bueno, no lo he hecho tan mal…

 

 

viernes, 31 de agosto de 2012

Otro más.


Lo había dejado, según yo un rato, porque se me juntaron el sueño y las ganas de cocer garbanzos, es decir, no hay excusa válida: sencillamente los días pasaron en semanas, y yo tenía la cabeza en varios sitios a la vez, cosa por otro lado bastante normal en las de mi sexo –al menos conozco a otras seis más, digo…

Pero ahora no lo podía dejar pasar, porque además de aniversario del glorioso inicio de los desvaríos unilaterales de servidora, es precisamente por el otro aniversario que subo este pequeño homenaje, no a la causante de mis canas –eso será en octubre-; no a la causante de mis desvelos –eso básicamente son los libros y la tele los que me ponen en onda lechuza despistada; no a la depositaria de mis esperanzas –cielos, mayormente ésa tiene forma de libreta de banco, por las patas de mi cama. No. Hablo de Mi Vida. No mi vida. Mi Vida.

Y sí que me ha sacado canas: su selectiva memoria para las obligaciones y los derechos no hace sino recordarme que ¡igualita! era yo cuando tenía sus años…; vaya si me he desvelado, porque aunque cuenta con tecnología punta al alcance de algún rincón de sus enormes bolsos, el avión más bien se le va cuando tiene que avisar, y ya ni hablemos de la alarma, uno de los inventos más desperdiciados en la historia de la humanidad, por cuanto sólo despierta a los demás mientras ella duerme como los benditos…; ni siquiera es porque no tenga esperanzas en ella: ella misma es la esperanza. Es el sueño de cualquier madre bipolar, con esa extraordinaria capacidad de convertir a una en un manojo de nervios e inmediatamente después en un tonel de melcocha. Es la fortuna. La suerte. La alegría que se perdió en las fronteras del “unhijismo”,  siempre alerta, siempre llena de luz. Hormonalmente un desmadre, pero ¿quién no ha pasado por eso?

Cumple 19 como quien cumple 19. O sea,  animando a la que se desmorona, apapachando a la que se chiquea, alegrando a la tristona, orientando a la despistada, enseñando a la que no se entera… mientras se coloca en mi cama a pasar la noche porque no le apetece estar en la suya, o te pregunta algo que ¡vive dios! Le puedes contestar con verdad y justicia. La que canta las canciones que yo cantaba cuando eran recientes éxitos en la radio… la que se pone mis zapatos –aunque no seamos la misma talla. Qué difícil es ahora atinarle; pero nunca jamás dejaré de intentarlo, diga lo que diga.

Feliz cumpleaños, niña mía, siempre niña mía, ya hace rato no-niña. Amaneces con el mismo cuerpo y la misma mente, eres leal y generosa, divertida e insufrible, cariñosa y chispeante. Sólo pediré poder estar ahí lo más posible para verte y re-verte. Discutiremos, nos enfrentaremos, nos abrazaremos y todos los días, mientras aquí estemos, así será. Te quiero, y lo mágico es que no sólo te querré por el resto de mi vida, sino que te querré por el resto de la tuya.

Salud, Tana.

lunes, 6 de febrero de 2012

Análisis de choros, o síndrome de la desidia mañanera

A continuación se realiza, por petición unilateral y absoluta, un concienzudo y más que profundo análisis de verdades de la vida, tan grandes como una casa y tan insignificantes como una de las cientos de miles de motas de polvo que hay que limpiar cada condenado día en la misma casa. Y que conste que no es por ociosidad, que esa a veces sobra y viene bien, sino simplemente porque el nivel de identificación que servidora tiene con muchos de estos choros… casi resulta perturbador. Así que, sin más preámbulos, yo también

*-Odio que me despierten preguntando si estoy dormida.*
*-He tirado de la puerta cuando debía empujar.*
*-He utilizado alguna vez el celular (móvil) como linterna.*
*-Saco el mismo aparatito, miro la hora, lo guardo, y ¡ni pajolera idea de qué hora es!*

Sí. Sí. Sí. Y sí. La última vez que mi adorado tormento tuvo a bien preguntarme si aún dormía se ha perdido en el confín de los tiempos: la reacción tipo Hugh Jackman en Lobezno parece que fue suficientemente disuasoria. En la siguiente, es que el uso del presente perfecto como que queda ídem: me temo que continúo haciéndolo y sigo reaccionando casi igual, es decir, auto-llamándome stupid, aunque a mi favor diré que ya no quiero que la tierra me trague ¡hoy día me la repinpanpinfla, liro liro! Ah, y el teléfono con tantas funciones, que si androide, que si táctil, que si las aplicaciones y la madre del muerto ¡pero nunca con linterna! Así que por supuesto, algunos pasillos de eventos donde ya está a oscuras me ha alumbrado… Y lo de mirar la hora y luego pasar del tema, bueno, eso aplica a muchas otras cosas en realidad, por eso la respuesta es afirmativa.

*-Sí, a mí también me dan ganas de pedir un cuba libre al entrar a Berska.*

Mmmh… sí y no. Berska es una de esas tiendas hermanas menores de Zara, donde me parece que la intención es que termines comprando por agotamiento y con el cerebro totalmente hecho puré, donde la música es tan fuerte, tan repetitiva y cansina, que de verdad parece que estás entrando en cualquier bar. Pero es que no se distingue mucho de otras… y a mí, en lugar de buscar la barra, se me antoja más meterme en otro sitio, o a comprar botella o a tomarme un tequilita, pero no las dos cosas juntas.

*-Dije "¡trae, que tú no sabes!" Y yo tampoco supe.*

Oh, sí. Mi orgullo, al que en este texto llamaremos eufemísticamente ‘falta de memoria’ me impide dar una cifra aproximada, pero sí, oh, sí.

*-Pensé: El dinero no da la felicidad, pero yo prefiero llorar en un Ferrari…*

A ver, que no precisamente llorar en un Ferrari –tengo mucho gusto en verlos, pero nada más pensar el meter y tratar de acomodar mis eternas piernas en esos coches enanos, me da una claustrofobia en un estado bastante puro y lleno de incomodidad. El resultado más exacto sería, por ejemplo, en una hermosa camioneta o un 4x4 del año…

*-Yo tampoco distingo a Guti de su mujer.*

¿Y quién es Guti, preguntarán sus mercedes? Un futbolista, un rubiales de pelo lacio y más desgarbado que un plato de espagueti sin sal, que vive de jugar al fútbol y dar noticias a la prensa del corazón… pero que parece que a las niñas les gusta mucho. Buscarlo en Google, háganme el favor, y me darán la razón.

…y hasta aquí por ahora. En la próxima entrega, si la hay, a lo mejor y hasta empiezan los No. No lo sé. A lo mejor.

lunes, 16 de enero de 2012

HC

De entre los montones de palabras que te describen, compartimos unas pocas. Y no porque te lleve diez años, que te los llevo, sino por todo lo contrario: es que ya se volvió atemporal.

Nanny, los porros. Hubo luces y sombras ¿a que sí? Decenas de aventuras divertidas con final feliz, otras con unos no tanto y de las que pa’qué mencionar, que escaldan. También empezaba el rock and roll. Y luego vino la distancia física, porque había que seguir eligiendo. Mientras el avión despegaba, que lo sepas, recordaba yo cómo te habrían azotado con un listón, como se ponía Adrián cuando lo cargabas, como llenabas de corazones los LP de Menudo ¡y por el más feo, decía yo! Chayanne en el Premier, uy, Vicente Fernández ¿así o más ecléctica ella? Minifaldas que más parecían cinturones anchos, que había que enseñar el chamorrazo… ¿Los Vázquez? ¿Los Mier? ¡Miguel Mateos! Rigo Tovar, por las patas de mi cama. O aquella noche en la presentación de Mecano, enseñando los displays, que ya ibas para mascota oficial de todos los lobos de ventas…

De aquél vestido rosa fuerte de quinceañera al blanco total, pasando siempre por tacones altísimos y un visceral rechazo a salir, aunque sólo fuera a la esquina, si no estabas convenientemente ataviada. Lavabas la ropa de tus muñecas, hacías la tarea sin que te lo dijeran y siempre llevaste lo que de ti se esperaba. Incluso cuando tuviste que hacer tú sola la identificación.

Tiene unos pocos de problemas. Siempre me admiró tu manera de cuadrar los tiempos: cómo eras capaz de saltarte a la torera las clases por el novio y salir triunfante de la escuela ¡si es que te hacían los mandados! Y te enamorabas locamente, ciegamente y defendías con uñas y dientes lo que era tuyo. La vida no te regaló lo que querías, pero igual y sí te dio lo que necesitabas: te han amado mucho, y mucho más has amado tú. Y ya todo se vuelve un recuerdo amable, porque el presente y el futuro los tienes llenos con la presencia de tu nuevo, tu único, tu auténtico amo y señor que no levanta poco más de un metro y sin embargo te robó el corazón como nadie antes y nadie jamás.

Es molesto. Y no es que precisamente haya sido un reencuentro, tú y yo: es que nos tocaba en ese momento. Entre “temitas” y bailongos en Insurgentes Sur, comparsa en los velatorios –sí, los Schacht lo saben, la familia de Mario también-, y llamadas diarias, interminables, sencillas y a la vez complicadas, donde nunca acabábamos de ponernos al día. Eso lo extraño mucho. Regalos para todas. Carne a la mexicana. Pollo en chipotle y queso amarillo.

Por favor, sigue cumpliendo. No me quites el gusto de decirte cuánto te quiero, aunque no te lo diga tanto como debería. Cuídate, sí. Y sigue cuidando de todos. Que yo donde vaya te llevo conmigo.

jueves, 5 de enero de 2012

Reyes y otros de la realeza

En pleno siglo XXI, en este hermoso país donde un par de horas en el estacionamiento del aeropuerto pueden llegar a costar menos de 40 pesos, el tema de la realeza y la nobleza forma parte diaria, integral de muchísimos españoles.
Como en todo, hay detractores: que si todos pagan de su bolsillo los ahora conocidos (sí, fueron más de 30 años sin saber en qué se gastaba su presupuesto la familia real, o sea…), pues que ya estuvo suave; que para qué están ahí; que son tan obsoletos como un Atari –pero se les trata igual que si quisieras comprar uno hoy día-; los que los aplauden, supongo que saben muchos tejes-manejes que con protocolo y diplomacia, ergo amistades, consiguen para el país. A saber.

Ahora se enfrentan al penonísimo bochorno de aceptar que un yerno real, un braguetazo en toda la extensión de la palabra, se adjudicó unos cuantos milloncitos de euros tapados tras una supuesta organización sin ánimo de lucro. Una vergüenza, hágame usted el consabido favor…
Los que siguen a la alza, jamás pasarán de moda y siempre se les espera con una ilusión que a veces raya en el paletismo, son a sus reales majestades, los reyes de oriente, los reyes magos, pues. Aquí tienen titulares en la prensa, en la radio, ¡en la televisión, por las patas de mi cama! Que si llegan en barco, avión, camión o camello; que si su don de la ubicuidad está totalmente explicado –es en serio, lo acabo de ver ¿dónde si no? en un noticiero; las aquí llamadas “cabalgatas” son desfiles de carrozas donde todo el personal involucrado tira dulces a los espectadores y ahora son tan listos que van y abren paraguas boca abajo para cachar más. O sea. Y aquí viene lo bizarro, get the picture: el año pasado, una mujer en Huelva llevó a juicio al rey Baltazar, porque lanzaba los caramelos con tanta fuerza que uno que le dio en la cara le provocó un moretón tremendo. Que sí, que sí. Pero ¿se imaginan cuál fue el resultado de dicho trámite? Pues que resultó absuelto, porque en opinión del juez, “no se podía demostrar la nacionalidad del susodicho y, además, ¿no es un rey y yo, juez, siempre recibí sus regalos de niño?” ¿Y que dónde me enteré de tal cosa? Periódicos y televisión of course, my horse.

Yo lo de la realeza es que lo llevo medio mal –y que conste en actas que Dianita Spencer me caía requeté bien, sobre todo porque se les puso al tú por tú a los arcaicos. Que no podamos hoy día votarlos, sino encima mantenerlos, no sé, me suena ya como de película del Señor de los Anillos o Espartaco. Aquí, ahora que ya les entraron los calambres porque cada vez pierden más popularidad y queda más patente que lo suyo lo pueden hacer otras personas humanas elegidas por los demás, intentan por todos los medios volver a ganarse la confianza de muchos, y la nueva de muchos más… cosa que se ve pero bastante difícil.

Y si no que le pregunten al rey de Suecia, que ya le andan pidiendo que vaya y se retire. O a Chabela, que cumple 60 años este año y parece que no tiene la menor intención de jubilarse… aunque allá ya tuvieron que publicar hasta cuánto se gastan en papel de baño.

En fin, que vienen los Reyes otra vez y hay que zamparse roscón con chocolate bien oscuro y bien espeso, a la española. Aquí tienen figuritas varias y una haba, el que la saca paga el roscón y así se acaban oficialmente las fiestas.

domingo, 1 de enero de 2012

Acá. Feliz Año Nuevo.

En este hermoso país donde las rebajas empiezan como reloj el 2 de enero ¡bravo, hurra!, la celebración del año nuevo, conocida como Nochevieja, es bastante menos familiar que la Navidad (aquí llamada Nochebuena). Aunque se juntan con padres o suegros, la movida es en realidad el after, cuando la juventud se lanza en pos del antro de moda o de uno que alquilaron para el festejo, y cuya duración servidora calcula es, en estado no muy pedo, de más o menos unas 8 horas. Pagas cover, tienes barra libre y la música es, variando por horas, desde el punchis-punchis más “marchoso” –o séase insufrible- pasando por salsa, cumbia, merengue y esos otros ritmos surgidos últimamente que, con la pena, atacan a varios sentidos de servidora, incluido el del buen gusto.

Pero la costumbre, la antigua, real y trasvasada costumbre de empezar el año es tomándose las uvas mientras se mira la ceremonia por televisión. Las ofertas de los canales incluyen programas (es decir, galas con presentadores estrella) y una transmisión en directo desde el mismísimo kilómetro cero de Madrid, donde se ubica el reloj que con sus campanadas anunciará que ya pasaron 12 meses desde la última vez. A lo largo de los años, la televisión pública apuesta por sus caras más conocidas –programas del corazón y eso- y las privadas tratan de hacer lo mismo y más aún, incluyendo a folklóricas como Isabel Pantoja (súper de moda ¿ves? Aunque enfrenta juicio por fraude fiscal, varios millones de euros) en compañía de su hijazo de la vidaza, el Paquirrín, una perla de fealdad en bruto que vive del cuento y de su madre (más súper de moda ¿ves?). Total, que nadie se lo pierde.

Hace unos años, explicaban una y otra vez, una y otra vez durante la transmisión, que primero suenan los cuartos y luego las horas ¡muy pendientes, por favor! Por lo que recuerdo de mis primeras veces, terminabas tragando unas cuatro uvas (todas con semilla, aquí no se hallan de las otras) y pareciendo una grotesca parodia de Kiko con las mejillas infladas de todas las demás, que materialmente no te daba tiempo ni a hincar un diente. Ahora sé que desde hace unos años retrasaron tres segundos entre cada campanada, no sea que los atragantamientos tuvieran feas consecuencias también. Pero a pesar de eso, muchísimo personal se seguía equivocando, incluidos los honorables presentadores. En el año de gracia de 1989, la infeliz mujer que dirigió el espectáculo en televisión española se equivocó de cabo a rabo ¡y toda España se quedó con las uvas en la mano! –referencia segura: buscar en youtube. Algo así como si el día del Grito al presidente le salieran gallos al decir Morelos, o que pidiera un viva para su antecesor…

Y luego de la tradición, los jóvenes se largan y los no tanto se quedan, normalmente haciendo sobremesa… frente a la tele. Estos últimos años, además, les ha dado por presentar en forma de documental esos shows históricos desde que eran en blanco y negro. ¿Por qué les sorprende que no conozca a 6 de cada 10? Aquí lo verdaderamente alucinante es la cantidad de material que existe de programas musicales. Hasta que mi cerebro se declaró en huelga y decidí que era mejor mirarme por dentro, el desfile se compuso de pelucones y peinados de cubeta, hombreras gigantes, leggins y calentadores, canciones imposibles de tan estúpidas y en general verdaderas joyas… ¿dónde están esos recuerdos de la televisión de allá? ¿Existen o han existido como lo que yo vi anoche mientras empezaba 2012? A ver: Susy Quatro, Neil ¡San Neil!; los Pretenders, Robbie Williams, Donna Summer, Frank Sinatra; Guns ‘n Roses, UB40, Londonbeat, Blondie, N’Sync; Miriam Makeba; Fito Páez; Celine Dion –bueno, antes de Titanic.; the Jeff Healey Band, KD Lang, Alanis Morrissette y Avril Lavigne (ambas en vivo); Nelly Furtado, Bryan Adams y Shania Twain.

¿Más? Simple Plan, Nacha Guevara, Gilbert O’Sullivan, The Rubettes (la melcochosa ésa de “Sugar Baby Love”, puaj); Soft Cell; otro en vivo, Culture Club; Sigue Sigue Sputnik, ¡The Cure!; los Pet Shop Boys, Frankie goes to Hollywood; D’siree; Seal y Blur… Albert Hammond, Sister Sledge, Whitney Houston, Martika, REM y Scorpions. Mucho Boney M, los Milli Vanilli de a mentis, Nena y su único hit; y sí, varios mexicanos, mayormente con mariachi y sombrero, pasando por Los Panchos bien rucos, Pedrito Fernández, Vicente Fernández y claro, Luis Miguel, Thalía, Paulina, incluso Yuri y Paty Manterola… más Molotov, Paquita la del Barrio, Maná, Julieta Venegas y la Maldita Vecindad.

A saber lo que duró ese “documental”, y mis neuronas no dieron para grabarlo… así que habrá que esperar otros doce meses para ver si lo vuelven a pasar, igual o mejorado.

martes, 27 de diciembre de 2011

Navidad

Nuestras cartas a Santa Claus –de los tres hermanos mayores, quiero decir- eran año con año copia de lo mismo: lo buenos que habíamos sido durante todo el año y la cantidad más o menos exacta de cosas que esperábamos en la mañana del día 25. Las dejábamos en alguna rama de nuestro árbol y a la mañana siguiente ahí estaban, todos, siempre.

Ah, nuestro árbol: las esferas eran de todos colores y sabores, las había transparentes con figuritas dentro, con forma de estrella y de muchos tamaños, que empezaron a ser repuestas por cajas iguales con el paso del tiempo. Hasta tuvimos un árbol plateado, cuando estaba de moda, por supuesto. Y si en el principio era mi amá la encargada de dirigir las operaciones, Nacimiento incluido, después lo intentábamos nosotros, primero con ilusión y gusto, luego con gusto, luego para poder poner todos los regalos que se iban acumulando y finalmente pasando del tema, que una de las últimas veces que pasamos a retirarlo de la sala ya estaban en pleno las lluvias de… abril.

Veíamos “La Flor de Nochebuena” en canal 5 todo el día, las mismas caricaturas y películas año tras año, casi sabiéndonos de memoria los diálogos pero nunca cansados. Y aunque debimos –creo que debimos- haber cenado en casa muchas veces, la verdad es que no me acuerdo: siempre nos íbamos donde mi abue Lupe. Después, cuando sólo íbamos cuatro a la hermana república de Tlalnepantla, porque la verdad había salido evidente producto no sólo de que habíamos crecido, sino de que el día se había hecho noche, salíamos cargados de regalos en grandes bolsas del súper y nos dirigíamos a la parada que primero nos llevaría a Vallejo y de ahí a esperar, a veces lo que parecían horas interminables, que algún camionero no tuviera con quién celebrar o quisiera sacarse una lana extra y pasara, y parara, que para entonces ya iba rebosante de personal… bajarnos en La Virgen, luego caminar esas eternas manzanas hasta donde cenaríamos ya no me acuerdo qué. Y tampoco recuerdo a qué hora volvíamos a casa. Recuerdo que teníamos un nacimiento, y que antes de salir yo ponía al niño en el pesebre hasta entonces vacío, pensando que eso no estaba bien, porque todavía no le tocaba nacer, pero que no había mucho que discutir al respecto, sólo que simplemente el día 25 no podía amanecer vacía esa humilde cunita.

El día 25 todo estaba cerrado. No sé si había cines, que daba igual porque nunca íbamos; no habían tiendas abiertas, ni casi restaurantes –idem, nosotros éramos de recalentado eterno-, y la mayoría de los juguetes venían sin pilas, por lo que poco se podía hacer con ellos, como no fuera salir y presumirlos y hacer los ruidos y movimientos con la boca. Mis hermanos tenían los hombres de acción, el robot de “Perdidos en el espacio” y coches de varios tamaños. Yo, la muñeca de moda, con un mini disco en la espalda que la hacía hablar… En las cartas de mi heredera, tantos años después, solía pedir los regalos envueltos, a nosotros jamás se nos hubiera ocurrido.

Las vacaciones eran largas, el clima no era tan frío, la vida era una aventura todos los días… ahora sólo esperábamos a los reyes. Más con lo mismo. Dejábamos un zapato con la carta adentro y nos dormíamos en la cama matrimonial, asumiendo como lo más natural que mis papás hubieran salido en plena noche “a dejar la carta”. Qué grandes… Años después, olvidé por completo darle esa instrucción a la hija de mis entrañas, pero siempre le aparecía la respuesta agradecida a la leche y las galletas que, diligentemente, nos medio bebíamos y medio comíamos, no sin antes ensuciar un poco alrededor.

Pues eso. Más de lo mismo.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Aquí. Algo de la tele

El apagón analógico se llevó a cabo con éxito en España, y en lo que va del año tenemos, mayormente en alta definición, al abanico completo de la programación televisiva, canales autonómicos incluidos. Gracias a la TDT, los españoles tienen chorro mil canales en abierto, una opción impensable hace poco menos de 30 años y, sin embargo... sin embargo…

… pareciera que no hay para todos. Los programas de más audiencia van de contenidos alucinantes como presentar a juicio ante un juez de chocolate el cómo cobrar una deuda absurda, echar a una pareja inútil o conseguir el visón de la abuela; o esos otros (¡muchos!) donde mayormente se trata de airear las vergüenzas y mediocridades de los famosos, donde acuden primos lejanos, amigos de la infancia o supuestos amantes a soltar –tras recibir su correspondiente cheque, oh, sí- la intimidad que se vuelve exclusiva, de risa loca y de pena ajena, la verdad. Hace poco más de un mes, el programa nocturno estrella se anotó un seudo-gol entrevistando a la madre de un supuesto delincuente que no, no robaba bolsos en el metro o chuches en las tiendas, sino que está en el medio justo de uno de los juicios más mediáticos, porque se sabe quién mató a Marta, cuándo la mataron, cómo la mataron… pero no han podido encontrar su cuerpo, mientras los cabrones encarcelados ya va para dos años que no sueltan prenda, se contradicen, cambian la versión, juegan con los sentimientos de sus padres y del personal. Y va el programa este y presenta a la madre de uno de ellos, con lo que las redes sociales explotaron y en consecuencia se dio el caso de la espantada de anunciantes, algo jamás visto por estos lares. Se les debe haber caído hasta el último pelo, alucinante.

Aquí la cosa va de mucho marujismo, pero eso no la hace tan diferente de otros lugares, supongo. Las mañanas de la tele abierta le pertenecen a los programas de ‘variedades’, donde aparte de la prensa rosa, los temas policiacos y por demás morbosos tienen un sitio especial, y a veces parece que bastante privilegiado. La lucha entre las cadenas se vuelve entonces feroz, y las noticias se pueden trasladar tranquilamente de ahí a los noticieros, a los debates y finalmente a los programas nocturnos, tan en boga. Los periodistas, o lo que sean ellos o digan que son, se maquillan, se sientan y actúan con dignidad y pose profesional y, con papelito en el regazo, sueltan su trascendental pregunta sin ningún pudor: “¿Se acostó o no con fulanito?” “¿Es cierto que la tiene muy pequeña?” “¿Y estaba con los dos al mismo tiempo?”, and so on…
Meterse con programas de concurso es tema de otro largo desvarío. Los hay que duran dos semanas y otros se mantienen, ofreciendo importantes cantidades de dinerito porque si no, la gente pasa de ellos, la verdad. Y las series de producción propia, cien por ciento españolas, ésas tienen gran nivel de audiencia, que ahora son más cuidadas y menos absurdas. Pero aun así, pocas se salvan, todo hay que decirlo.

Eso, más la condenada manía de poner pocos bloques de comerciales, pero de hasta seis minutos de duración cada uno e interrumpiendo el programa cuando más o menos les da la gana… eso en la tele abierta, que por lo menos te deja ir al baño, cenar y hasta echar unas llamaditas o un rapidín, porque en la estatal ya no hay anuncios desde enero de este año y ¡nada! a bailar en el asiento mientras se acaba el programa o de plano no coger el teléfono. Extremos, sí, y con esos nadie está nunca contento…

Luego más.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Votar y botar

Este país hermoso está en crisis… igual que muchos más ahí afuera, si tampoco somos tan especiales. No hay empleo, no alcanza el dinero, hay mucha desesperación. La guerra entre operadores de telefonía y demás está tan tremenda, tan desproporcionada ya, que te regalan las perlas de la virgen, los ojos de la cara y lo que tengan a mano con tal de que te vayas con ellos. Así está el patio…

Y hoy tocaba votar para elegir al nuevo presidente de España. Cosa que en esta casa, por vez primera, se lleva a cabo por partida doble y no, no es que servidora haya jurado lealtad a su bandera y a su rey. La heredera se volvió adulta y tarde se le hacía para estrenarse. Aquí el tema de fondo, lo que parece que más le duele al personal que puede ejercer ese derecho, y que está cercano a nosotros, es que el ganador se erigirá como aquel a quien habían evitado todos los años anteriores. La derecha gobernará el país, dicen, y ya podemos echarnos a temblar ante los recortes, las congelaciones y suspensiones, ante la privatización masiva y la emergente y potente nueva fuerza que cogerá la iglesia, tan dada ella a la misericordia y a la igualdad. Empezará otra nueva era del terror, donde los ricos serán más ricos, y los muy ricos serán tan intocables como una vaca en la India; los pobres y los no tanto, en cambio, seguirán en la espiral ya tan conocida, con hipotecas que se van a los cincuenta años y donde los ancianos padres acogen a los hijos sin trabajo, sin dinero, sin ilusiones…

Pinta muy negra la cosa. Pinta triste, porque los jóvenes se movilizan, se indignan y se movilizan y aun así no alcanzan a ser fuerza suficiente para conseguir un cambio real y concreto, visto lo derrotista que pintan el panorama, con lo cual ahora supongo nos tocará rasgarnos las vestiduras y aguantar el chaparrón de la mejor manera posible… porque en el supuesto de que el nuevo gobierno no consiga enderezar el barco, siempre podrán echarle la culpa al anterior gobierno, algo muy hecho aquí, o a la misma Europa, que a pesar de los pesares nos sigue tratando como si fuéramos el penúltimo de la fila.

España no es un país triste, pero llora mucho. Y me quita las ganas de explayarme ¡sorpresa!

sábado, 12 de noviembre de 2011

Ringo. No Starr. Romo.

Pues nada, que mi papá dijo que perros no, que nunca jamás, que nones. Así que la última vez que le preguntamos, es que ya teníamos al animalito convenientemente escondido en una recámara. Volvió a decir que no, claro, pero ya nada pudo hacer.

Y por eso tuvimos a Ringo. ¿Que cómo le fueron a poner ese mentado nombre? Ni idea…

Favor de tomar en cuenta que éramos adolescentes, vivíamos como la mariguana (medio salvajes pero a la vez muy cuidados, a ver si me entienden) y la idea de un perro salió de a saber quién. Es igual. Era un cachorro revoltoso e inteligente, de un color miel suave y luminoso y una mirada profunda, bien especial. Nos adoptamos mutuamente.

Pero tener un perro es una cosa, y tener cultura para tener un perro es otra bien, pero bien diferente. Con trabajos nosotros tres cumplíamos con nuestras obligaciones en la casa, ya nuestras mentes volaban hacia la fotografía, la música y las mariposas en el estómago. No como en esta España sabrosa, donde está prohibido andar con el can suelto, traerlo sin bozal si es de raza peligrosa o de tamaño caguama, y la multa por no recoger sus cacas puede provocar un fuerte soponcio. Aquí el personal saca a pasear a su animalito dos veces al día, llueva o nieve. Aquí no hay callejeros. Y en todos lados encuentras dispensadores de bolsas de plástico para recoger sus 'cositas'. Vamos, que aquí sí es negocio ser veterinario y tener tu changarro.

Volviendo al Ringo, va y se desarrolla hermosote, pesadote... y guardado en casa. Que ni aprendió a cruzar una calle. Su alegría al vernos llegar era tan auténtica, tan gozosa, es que daban ganas de salirse y volver a entrar para volver a recibir el festejo magno de un animal que se sabía querido, pero que prácticamente no conocía otro tipo de amor. Ganándose, mira por dónde, al apá más que a nadie, ahí sentado a su lado pidiendo pan con la pata. ¿Y mi apá se lo daba? Oh, sí, tras mojarlo en su café con leche.

Hubo harta emoción al comprarle collar y correa... hasta que supo que tenía cancha para correr. No se puede decir que me arrastrara ese glorioso día de paseo, es que literalmente volé, cual caricatura del Correcaminos, y cuando aterricé y patiné cuan larga era, él ni por enterado, por lo que además barrí calle con estilo bastante poco digno. Con la pena y los moretones, ya no me atreví a sacarle más.

¡Si era más bueno que el pan bimbo con mantequilla y mermelada McCormick! Mi querida amiga que según mi hermanito no es tan feliz les tenía terror... cuántas veces me llamaba desde la cabina en la esquina, casi trepada en ella, rodeada por ejemplares medio callejeros, medio domésticos que nada más querían saludarla... qué risa nos daba después. Y no se podía acercar al Ringo, aunque él, pobrecito mío, no sabía de la reacción de terror que causaba y corría, ladraba, saltaba... El epílogo de esto es que ahora, ella es la feliz dueña de su propio ejemplar.

Nos dijeron que se moría, que los perros no se salvan del moquillo, pero le hacíamos beber tragos de árnica y se salvó.

Alguna vez le aulló a la luna.

Le gustaban muchos de nuestros discos.

Dieciséis años cumplió y no tuvo descendencia. Un día mi hermanito apareció con la Zenaida, Chema para los cuates, que no consiguió pasar más allá de ser su compañera de habitación, y que estuvo con él hasta el último día.

Murió virgen y mártir, amaneció muerto una mañana en que no se había dormido en la cama de nadie, algo inusual porque hacia el final, yo por lo menos, me le llevaba cargando a la mía. Y si alguien se lo esperaba, servidora no. Supongo que por eso no asistí a su entierro, bajo esa gran jacaranda afuera de la casa, allá en Tlaneyork.

domingo, 30 de octubre de 2011

Quince. Y quince al revés.

Cuando cumplí mis primeros quince todavía pensaba que te casabas para toda la vida, porque era francamente inconcebible estar con otra persona que no fuera EL ELEGIDO; ya hacía mucho que Santa y los Reyes pasaban de largo por mi casa, y en su lugar aparecían regalitos en vivo y en directo ¡muchos!; y todos los días que no hubiera examen en la escuela eran como vacaciones. Y es que todavía no encontraba a esa ‘banda gruetxa y eterna, amparados por la virgencita de Guadalupe”, con la que varios quinces después sigo compartiendo.

Antes de cumplirlos al revés, había entregado mi voto y mi confianza a bípedos que se encargaron de voltearme la tortilla, aunque yo seguía creyendo, con esa fe ciega que sólo se cura con la edad, que me podría comer al mundo siempre que quisiera, donde yo quisiera y cuando yo quisiera… que había vida más allá de Lindavista, ni duda cabe: que la empezara como una de las primeras usuarias del Metro hoy parece de risa –y a la Zona Rosa, que era el epicentro del mundo. Bailábamos a Gloria Gaynor; y daba caché fumar Marlboro blancos importados, comprados de uno en uno a las inditas en la calle Hamburgo. No habían famosos cercanos en el firmamento. Íbamos a conciertos, comprábamos discos importados y la única piratería era grabarlos en cassette rogando que a la cinta no le diera por salir como acordeón del aparato (aunque aprendí a repararlos que era una gloria). Memorex, comprábamos. Y también las grabábamos de la radio.

Tuve mi primer coche, pero nunca lo manejé. Luego tuve otro, y lo dejé cuando crucé el charco. Y me subí a un avión por vez primera algo tarde en mi vida (digo, comparada con mi heredera, que empezó a viajar en mi entonces no tan enorme panza) y acompañada, por supuesto y no podría ser de otra manera, de mi hermanito. ¡La de viajes que vinieron después! Por gusto, por trabajo, por gusto y trabajo, sin gusto y con trabajo…

Una vez festejé en una casa que era mi casa pero nunca lo fue, con el mío pero lejos de los míos; otra vez alquilé el antro de los Kerygma y con solemnidad autoricé a que Neón diera su primera tocada, abridores de Taxi; muchos fueron con las chicas Xipal, comidas gloriosas llenas de risas y tequila; cariños con sabor a Delfín y Espinacas; incluso una vez a Mateos le pareció divertido vaciarme un trago en la cabeza, cual bautizo surrealista; y siempre había pastel con mis hermanos carnales y mi apá, aunque sí recuerdo alguna vez en un Sanborns, yo estrenando ropa que jamás combinaba y queriendo siempre parecer mayor de lo que era.

Como ya va más de la mitad de mi vida, ¿qué más da lo que haya transcurrido desde el estreno mundial del video “Thriller” allá en la Doctores? o de mi primer cumpleaños con sabor alemán, ñam, ñam; Eros besó mis manos con gratitud (aunque antes había intentado sobarme las tetas, claro); mi vida había cogido carrera, ya parecía imparable… y sí, gracias entre otras cosas a la insulina que religiosamente me pincho, también puedo seguir festejando.

Hace poquito más de un año me deleitaba paseando por London, London dear. Y lo hice, dopada hasta las orejas para poder sobrellevar un gripón del carajo. Este año pensé que podía repetir en tierras lejanas, cuidándome muy mucho de aires frescos o estornudos oportunistas. Total, ni lo uno ni lo otro: pero sí fue una semana con muchos tonos. Pasada la medianoche del magno día, me trepaba por las paredes con un dolor de muelas que me taladraba como mil partos simultáneos sin epidural; mi marido huyó por piernas, ya me conoce, y sabía que sólo me movería de casa si me daban bien morfina o un tiro. Al final pasó, no del todo, pero me permitió pasar el día (traducción simultánea: ¡otra vez drogada hasta las cejas!), y luego me fui al teatro con Ana y Estela, otro nuevo mundo por descubrir.

El shopping, principalmente, ha sido para la heredera, que yo también así festejo. Ya luego me mercaré algo. Que esto no se acaba hasta que se acaba.

viernes, 21 de octubre de 2011

Hágame usted el favor. Caifanes

Pues que mentí. No descaradamente, a ver: conforme fueron pasando los eventos, más me quedaba claro que no me daba lo mismo ni por asomo. Uno no puede decir que eso está bien y es perfecto tal como está, nada más porque algunas expectativas se cumplen.

Caifanes, hablo de Caifanes, sus mercedes perdonarán. Es que arranco y cuando me doy cuenta los desvaríos salen sin nombre propio y para cuando me doy cuenta, hasta yo misma tengo cara de what? Eh, esto, ¿qué por qué mentía? Porque gracias al youtube, ¡gracias al youtube! las borracheras de videos en prácticamente todos los eventos me hacen sentir que estoy ahí al ladito, previa rebuscada entre imágenes lo suficientemente mareantes para no ver más que unos segundos, o huyendo en estampida de la emoción del productor del video, que canta con desgarro y a todo pulmón, oscureciendo con mucho la propia de chato de todos nosotros.

¿Alguien se acuerda de abril del 93, Palacio de los Deportes? ¿De la producción entonces? Tengan la bondad de darme un poquito de razón, sobre todo si han estado o si han visto los videos recién subidos. ¿De verdad está pasando? ¿De verdad están haciendo la madre de todas las giras, el reencuentro, the ultimate one?

Porque si es así, entonces estoy viendo otras imágenes, mira que yo me guío por las etiquetas, y si dice septiembre y octubre de 2011, entonces tienen que ser. Y lo que veo son escenarios pobres, en tamaño y espacio, con equipo que bien pudieron haber traído en el túnel del tiempo, miles de cables, decenas de humanos instalados ahí, a unos pocos metros de cada músico –y no, no hablo de los que grababan los conciertos- … ¿o me quieren hacer creer que ya con mega pantallas la cosa se pone más sofisticada y con nivel? Si yo no digo que tengan que incluir al ballet de Amalia Hernández o a Sting de telonero, pero vaya, creo que me esperaba algo mucho más logrado y mejor instalado.

Ya ni digo nada de los lugares, porque me parece que exceptuando el Palacio de los Rebotes los demás escenarios no se distinguen, precisamente, por ser multitudinarios… sin desmerecer absolutamente a nadie, a ver. Que vista la expectación que esto despertó, hombre, una se cree que como mínimo tocarían en estadios de primera división. Que el juego de luces te dejaría estupefacto por lo alucinante. Una se cree que verá un equivalente a otras maravillas, incluso de otro tipo de música, que van también en el reencuentro recorriendo el país y los de al lado levantando la locura.

A mí es a quien han transportado en el túnel del tiempo… back to the eighties, my friend. Omitiendo, eso sí, el pequeño-chiquitito-diminuto y enanito detalle de que los chicuelos ya peinan una que otra cana. Por lo demás, ver los videos que ha subido el personal me transportó directa y sin escalas hasta El News o el Hotel de México, por las patas de mi cama.

Y supongo que por lo mismo, muchísima gente se quedará sin verlos. Auch…

Yo sólo espero que esto mejore, que se convierta en un referente y que las que quedan, de verdad parezcan producidas en el siglo XXI, tantos años después de aquellas tocadas en escenarios tamaño sartén, apretujados, mal sonando y mal iluminados, pero haciendo historia…

viernes, 14 de octubre de 2011

Miedosa.

Miedosa, miedosa, lo que se dice miedosa… sí que soy. A estas alturas de la película y del siglo, la verdad es que pocas cosas deberían enchinarme la piel, pero el hecho es que en lugar de decrecer es lo contrario, y caigo en la cuenta de que los acumulo con la misma facilidad que esas graciosas, antiestéticas, interesantes, profundas, maduras, horrorosas y bastante inevitables arruguitas.

Porque fíjate, yo nunca le he tenido miedo al futuro, por ejemplo. Me veía en mis menos de 50 kilos, en mi talla imposible y en mis enormes pies y sólo pensaba, dependiendo de la hora del día, en los hijos que tendría, los países que visitaría, los sueldazos que ganaría… y en no reprobar laboratorio y griego ¡que se me daban fatal! El futuro podía ser negro que yo lo vería azul oscuro, y no dejaría de dormir (en realidad, yo no podía parar de dormir) alucinando sobre lo que me depararía la vida.

Le tenía miedo al chamuco. Demasiada primaria de monjas, será. La de noches que dormí con el cuello tapado, no me fueran a elegir para servir de cruento banquete a Christopher Lee o a Germán Robles, a saber. Al día de hoy sigo y seguiré sin ver esa escena de “El Exorcista”, que a pesar de que se han cansado de decirme que no pasa nada, sencillamente yo tengo que voltear la vista. Será por eso que no sorprenda nada que admire muchísimo a Stephen King, muchísimo, pero haya por ahí un par de cuentos que no he sido capaz de volver a leer de noche, solita en mi cama -ni acompañada, de hecho.

Tampoco le tenía miedo a la vejez o a las enfermedades. Así las cosas, cuando esos sublimes momentos de hospital, inyecciones y personal de blanco que jamás se aprende el nombre con el que quieres que te llamen llegan, la puritita verdad es que les he recibido como si jamás me hubiera pasado por la mente que algo así me sucedería. Directamente, no me ha dado tiempo de tener miedo.

Nunca se me ocurrió que algo raro o malo pudiera pasar en mi embarazo y mi parto. Jamás dudé que tendría una hija, y que estaría completa y llena de altas dosis de normalidad, hormonas adolescentes incluidas. Pero, sin embargo, sí que le tenía miedo al dolor. Y como todos saben, esa mañana de agosto casi me vence el condenado, aunque conseguí arrebatarle buenos puntos mientras gritaba e insultaba en dos idiomas, y luego cuando abrazaba al bendito técnico que me puso la epidural. Ido el dolor, muerto el miedo. No me gusta el dolor, y mi umbral me juega muy malas pasadas de vez en cuando.

Y mira por dónde. Se me encoge el estómago –cosa por otro lado no tan mala-, adelantándome a ciertos acontecimientos que, no por inevitables dejarán de ser enormemente dolorosos. No estar ahí. No llegar a tiempo. No enterarme a tiempo, o no enterarme en absoluto. No haber podido hacer nada. Ellos saben de qué hablo, de quién hablo, de cuándo hablo.

Pero no, no da para tanto drama. De otra manera creo que ni siquiera dormiría, lo cual redunda en que siempre estarán ahí para recordarme mi humanidad mi miedo a las alturas –que de niña no tenía-, a los túneles de autolavado –y en el nombre de las partes pudendas de un tiranosaurio ¿por qué le tengo miedo a eso?-; a los bichos voladores que no saben guardar las distancias; a la velocidad si yo voy de copiloto; con esos vivo y convivo, confiando en que los otros, los que de verdad me van a partir en dos, sepa reconocerlos y superarlos.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Va de pelis

Yo no sé por qué dicen que hacemos la necia cuando repetimos hasta el cansancio esa rola, o escenas de la peli que nos transporta o un libro especial ¿qué, no hacemos lo mismo con los recuerdos? O nos regodeamos sin cesar en placer exquisito, o nos damos sesión de masoquismo directa y sin escalas, a veces en solitario, a veces chupando la hemoglobina al personal, que entre otras cosas también por eso nos quiere.

Que levante la mano el que no se sepa de memoria algún diálogo proveniente del cine, que da igual si es Pretty Woman o Apocalipse Now. Pero ¿no es fascinante que después de cientos de veces, resulta que siempre, siempre hay algo que aparece nuevo ante nuestros ojos? Digamos que se acaba de expresar la excusa más manida de por qué miro y miro siempre las mismas... Que mi hija, representante oficial de Editorial Hormonas Tontas, ya va por el mismo camino ¡y que conste en actas que no me acuerdo de habérselo enseñado yo!

Un bonito día de primavera se apareció Jesús (alzaos, queridos, que aquí hablo de mi muy querido amigo) allá en la Montevideo, que se quería duchar porque en la suya no había agua y se iba al cine con ni me acuerdo quién, a ver una peli de la que servidora no sabía absolutamente nada. Resultó que era Tommy, y en cuanto mis hermanos se enteraron salimos pitando hacia el cine Roble, en plena Reforma Avenue... dejando a mi amigo todavía metido en el baño -la cara que debió haber puesto cuando le informamos que nosotros también íbamos, y que nos íbamos a la de ya... luego nos tuvimos (que no, no era suplicio, pero ¡tantas veces!) digo, nos teníamos que soplar el tema de Elton John, interpretado con ya se sabe cuánto arte… aunque los demás se tuvieron que soplar el álbum completo de Juan Salvador Gaviota, lero-lero, que también hizo su brillante aparición en esos días. Un poquito de por favor...

A mí siempre me pareció una historia triste y a la vez hermosa la trama de La Mosca, sus mercedes me perdonarán… y cuando los VideoCentros invadieron México, mi fidelidad se hizo patente con la cantidad de veces que alquilaba La Prometida, nada más porque me podía dar taco de ojo con Sting aunque no pudiera muy mucho aplaudir su nivel de actuación. Para entonces, mi vida se dividía -en gran pantalla, quiero decir- entre películas de Pedro Infante o un Jeff Bridges jovencísimo, por decir un par.

Tuve pesadillas con King Kong –que por cierto fui con mi apá y mi amiga Ileana, a veces Minerva. A mí me pareció bastante baboso Luke Skywalker, perov en cambio Han Solo iluminó montones de noches; descubrir la primera de El Padrino y caer irremediablemente… que sólo existe un Jazz Singer, mi rey de belén… Y sí, si mi autoestima hubiera estado en su lugar, seguro me hubiera vestido como Sandy-oh-Sandy, que teníamos clavadito el mismo huesudo estilo de cuerpo.

Así que cuando me pongo a hacer una lista mental del siglo XX, resulta que soy bastante predecible, ya veis: puedo ver sin parar la vida de Glen Miller, pero no me sé muchos más títulos de James Stewart, y me temo que sí me sé muchos más de Hanks, Travolta, Cage, Gibson, Ford, Pacino, Willis, Infante y Negrete… y que prefiero ver En la cama con Madonna que sus otras pelis. Hubo un tiempo en que me iba sola al cine, allá al Futurama que creo que se pasó a caer en el 85. Francamente, me parecía de lo más natural. Hoy día ni me lo contemplaría, a ver.

Sólo fui dos veces al autocinema, al que estaba en Santa Mónica… la primera a hacer como que veía una de… de… de… Cantinflas, cielos ¡es que iba con Aquél! Por cierto ¿sería por eso que los quitarían? Y la otra fue un desastre, una cita doble que organizó la inestable de la tienda de discos que había en la Montevideo (¿Nora?) y de la que salí escaldada, que los imbéciles galanes se pusieron al tú por tú con otros igual de energúmenos ¡y que nos echan gas! Primera y última vez, verdad buena. Encima, ni estaba tan galán…


domingo, 28 de agosto de 2011

Política cero. O cero política.

Terminar la secundaria, hacer un examen de acceso y obtener la primera elección fue un proceso tan rápido que sinceramente me sorprendió: cuando me di cuenta, ya estaba haciendo el bachillerato. Yo era bastante babas, ingenua para muchas cosas, despistada para otras, absolutamente ignorante de muchas más, y encima le tenía miedo a lo desconocido. Creo que lo único que me levantaba la moral era el hecho de, según yo, ser tan pero tan mayor.

El primer día de clases, tuvimos que salir corriendo del aula hacia los campos, porque se había organizado una revuelta que nadie nos esperábamos, en especial los novatos. Fue la primera vez que vi cadenas, porras, y personas con más tipo de profesores –por la edad- que en realidad eran el colectivo fósil, perseguir a no sé quiénes por no sé qué razones. Me alcanzó un roce en la espinilla, algo exclusivamente para presumir al personal mi presencia en tan deleznable acto, y en privado un terror a que me quedara cicatriz, que no, no quedó. Cuando los terribles eventos de Tlatelolco (y de Francia, y de prácticamente los jóvenes de esa generación) yo estaba en aquella primaria de monjas, ajena por completo a las reivindicaciones y exigencias, a las solicitudes y demandas, a las peticiones y rogatorias.

A mediados de los setenta yo vivía en una linda burbuja donde algunas de mis máximas preocupaciones eran tener los pantalones pata de elefante más ajustados o que mis hermanos dejaran de fregarme; escuchar la hora de los Osmond o ver a Raúl Ramírez jugar al tenis; ah, sí, y ligarme al rubio ese que tanto se hacía del rogar. Quería estudiar Relaciones Internacionales y trabajar en una embajada grande y ostentosa en algún lugar lejano –y lejano podía ser Belice, para el caso; yo no había salido de mi ciudad más que una o dos veces-. No me había involucrado jamás en tema político alguno, por la sencilla razón, y eso decía yo entonces, que no entendía su lenguaje rebuscado y su entonación de cántico gregoriano aguado para dirigirse a nosotros, la plebe. En el tres veces h. Colegio de Ciencias Humanidades existían movimientos políticos activos, la revista… ¿El hijo? ¿El nieto? del Ahuizote, pancartas, manifestaciones, plantones, mítines y e-t-c. e-t-c. A veces pensaba en cómo me gustaría participar en alguna de ellas, escribir y expresar mis emociones; y reculaba más rápido que inmediatamente cuando me daba cuenta de que no podía sostener una conversación más o menos coherente con algún participante: sencillamente, me enteraba de las primeras palabras y luego todo se volvía un galimatías con terminaciones ismo, al, ción y nada que ligara algo que yo entendiera al principio de ellas. Supongo que es así como muchos se pasan a la prensa del corazón, por puro aburrimiento o desesperación.

Reconozco que me obnubilé con José López Portillo, que me “pudo” el tener sólo dieciséis años cuando salió elegido pues no contó con mi voto: como muchos, caí rendida ante su elocuencia y supuesta verdad, y pensé que ahora sí, ahora sí, entendería más, si alguien tan interesado en la opinión de los jóvenes se ponía a nuestra altura (la de los que no manejábamos la jerga específica). Mi hermoso país, además, empezaba a ser rico, muy rico ¡si había petróleo hasta en el Chamizal, por las patas de mi cama! Mientras los trámites de compra-venta entre el diablo y muchas almas se llevaban a cabo allá, muy-muy lejos, en las Europas.

Poco hice, excepto entender el cabal significado de nepotismo, abuso de poder y enriquecimiento más allá de cualquier expectativa; como muchos, me sentí violenta y violentada al mirar cómo todo lo que se suponía serían las bases de un país fuerte y ejemplar se desvanecían mientras se cargaban todo lo bueno, interesante y digno de alabar. Sentí mucha vergüenza. Y pensé que si yo pensaba así, muchos más también, y que el cambio se sucedería ¿o acaso no era yo una adulta con derecho a voto para el sucesor de JLP? ¿Y cuántas veces puede votar el fulano más poderoso de un país? ¡Las mismas que yo! La veta naive en todo su esplendor, lo sé…

Y nada cambió. Nada. Seguimos aguantando lo malo por conocido sin darle oportunidad a lo bueno por conocer, y para cuando llegó la hora de la verdad, quedaba tanto por hacer, estaba todo tan patas arriba, que parecía obvio que no sólo no se notaría de inmediato sino que tomaría más tiempo del necesario. Aunque claro, si hubiéramos sabido que le dábamos el poder a un charro sin espuelas, a un mandilón sin carácter dentro y fuera de su casa –que se supone también es mi casa-, entonces quizá la historia hubiera sido distinta. Vaya tercer condicional.

Lamento mucho que la oposición se dedique, como si fuera deporte nacional y en exclusiva a tiempo completo, a exprimir los fallos de los demás sin aportar apoyo o ideas, sino más bien metiendo zancadillas a diestro y siniestro; lamento que se sigan sintiendo los salvadores por la gracia de un dios terrenal, y que nada de lo que diga o haga la humanidad que no les apoya tenga verdadera validez; lamento que se rasguen las vestiduras y se ofrezcan, mártires y sacrificados, a salvar a un país que debería ser marca registrada de voluntad, superación y esfuerzo en conjunto. Lamento que no seamos capaces de ponernos de acuerdo en algo específico y que nos tiremos piedras a los ventanales, sin darnos cuenta de que vivimos en la misma casa y que entre todos vamos a tener que pagar los cristales rotos y la instalación.

Me declaro incapaz de sufragar un voto nulo; nunca votaré a Cantinflas como dicen que muchos hacían, y aunque me ha tentado escribir el nombre de mi apá, no lo haré y prefiero mil veces que se vaya en blanco, a saber si en el momento mi acción expresa indignación o directo desprecio. Hay tanto todavía qué hacer…

lunes, 8 de agosto de 2011

Acapulco y la amistad

Resulta que mi querida banda y servidora estábamos un día en la escuela, diligentes y responsables como siempre, cuando ni me acuerdo por qué terminamos hablando con Fago, diminutivo de Élfega –la madre que parió a sus padres, de verdad; pues va la chica y nos presume su casa con alberca en Acapulco, y vamos nosotros y con total descaro nos autoinvitamos, y va ella y nos dice que cuando queramos, y vamos nosotros y montamos un viaje. La cara de what que se le quedó a la chica debió habernos advertido algo, pero nosotros ni caso.

Así que se pasaron a pedir los correspondientes permisos en casa: que nos vamos de viaje de estudios a ¡Oaxaca!; que sólo necesitábamos 600 de aquellos no tan devaluados pesos; que nada más eran tres días, incluyendo las hoooras que nos iba a tomar llegar al destino; que no gastaríamos nada extra o especial; que íbamos con otros adultos más responsables que nosotros, en plan grupo grande. ¿Se la creyeron nuestros honorables padres? ¿Se hicieron los locos? Eso nunca se sabrá. Yo sólo sé que a Mela la dejaron venir porque iba yo, y a mí me dejaron ir… siempre y cuando me acompañara uno de mis hermanos. El ganador, por unanimidad, fue mi hermanito. Y allá te vamos.

Las aventuras de 5 medio adolescentes escapándose a la playa, despreocupados de cualquier cosa y dispuestos a comerse al mundo, debe ser no sólo historia vieja y recurrente, sino también las ganas de tentar a la suerte por purititas ansias toreras de haber hecho algo como una escapada “con permiso”. Cuando llegamos a la casa de Fago –mira que hasta siento medio mentar ese diminutivo de su nombre, me hace pensar en cosas no precisamente coloridas- la casa existía, la alberca existía, y el joven matrimonio que las cuidaban también. Nos sentíamos más que adultos, aceptábamos los refrescos y las papas que nos daban uno tras otras, nos metíamos sin ninguna timidez a hacer como que nadábamos –ya se sabe, yo, puro cuento; Mela, puro miedo, los demás no me acuerdo-, y tarde se nos hacía para salir a conquistar la ciudad.

¿Cómo conseguimos alquilar uno de esos típicos vehículos que circulaban, tipo Jeep? Ni idea, pero la aventura continuaría cuando de pronto, de la nada (o del todo, vaya a saber), el auto casi nos explota por tremenda fuga de ¿gasolina mezclada con chispas? Whatever… nosotros sólo explotábamos a carcajadas.

Y servidora, además, afónica total producto de mis poquísimos encuentros cercanos con un aire acondicionado a lo largo de mi joven vida. Ellos cantaban, gritaban, yo les acompañaba con el corazón y la boca abierta.

Una noche Mela y yo nos pusimos flores en el pelo, y nuestras mejores galas… ¿por qué el personal que pasaba por ahí nos gritaba no sólo “¡mamacitas!” sino “¿cuánto?” No nos enterábamos y luego nos valió sorbete ¡nos sentíamos igualitas a los Ángeles de Charlie! Sin embargo, eso no valía a la hora de entrar al Centro de Convenciones tuvimos que brincarnos la barda y aun así nos cacharon los de seguridad, echándonos a la vil calle sin contemplaciones y con el rabo entre las patas. Pero no a todos, no, así que tuvimos que quedarnos afuera hasta que casi amaneció, mientras Mela intentaba manejar un coche por primera vez en su vida y ambas tratábamos de ligarnos al mismo chato, que por cierto pasó olímpicamente de nosotras. Pero sí fuimos a una discoteca, y bailamos todo lo que Saturday Night Fever estaba dando.

Ni me acuerdo qué comimos esos días; afortunadamente quedan para el recuerdo unas fotos en ese inverosímil tamaño cuadrado de las 110 donde posamos frente al mar, sumiendo la pancita y sacando pecho mientras las olas golpean una gran piedra que sobresalía a la orilla, creando esa cortina tan única como fondo extra.

A todo esto, Fago había también aparecido con su hermano, un chicarrón que no podía disimular que se echaría al plato sin contemplaciones a cualquiera de los varones del grupo, pero creo que no le gustó que lo ningunéaramos y fue de chismoso con sus padres. Sí, efectivamente, los únicos que no pidieron permiso para llevar gente fueron ellos y cuando el odioso mocoso se rajó, Fago puso tierra de por medio, y sinceramente no recuerdo si la volvimos a ver ahí o siquiera en la escuela. Cuando esa noche sonó el teléfono y servidora, en un arranque de serie de tele de los setentas va y contesta, lo único que pude contestar a la pregunta de quién hablaba fue “una chica” y salir por piernas a buscar a los cuidadores. Resultado: que nos largábamos ipso facto de ahí.

Ah, pero no sin antes pagar hasta la última coca cola que nos habíamos bebido ¿o qué, éramos tan babosos que pensábamos que eso era cortesía de la casa? Nos dejaron más que desplumados, la verdad. Pero ya casi se había acabado la odisea.

Volvimos quemados, y recalco esto porque parecíamos casi un coctel de camarones de Boca del Río; cansados hasta la extenuación, casi, que no acumulamos ni 10 horas de sueño en todos esos días; emocionados como nunca antes, porque volvíamos sanos, salvos y con un supuesto bagaje de experiencia que no se comparaba con el de nadie que conociéramos.

¿Y cuál es la moraleja? Dicho en tres palabras: ‘ora te aguantas. Treinta años después de esa excursión, mi aún adolescente hija me tiene con el alma en vilo: ¿será verdad, será mentira, será el color del cristal con que se mira?


domingo, 24 de julio de 2011

De Casas Gentiles

Una Casa Gentil es una que, de entrada, no es tuya. Es una donde vas y te metes, te inviten o no, y lo que te dan va desde el compañerismo más sabroso hasta el apoyo más incondicional, pleno y gratuito. Las Casas Gentiles están ahí, cerquita de tu casa o a muchos, muchos kilómetros, semáforos y horarios; la vida nos las pone, luego nos tenemos que buscar la vida ya sea por voz o usando ruedas; ellas, aunque se muevan en la geografía, en realidad siempre están.

En las casas gentiles te dan de comer y beber hasta hartarte, o no te dan nada, que luego la plática pone en el olvido que el estómago pudiera necesitar gasolina; te dan el hombro, la risa fácil, incluso el dedo en la llaga –y de la misma manera que esperas que se aguanten tus regaños, tú también tienes a veces que tragar camote, es así. Aunque eso es lo más raro, la verdad: puedes aparecerte hecha una magdalena o un cicirisco y no tener en absoluto la razón, y encontrarte con que ahí te escucharán, asentirán, vamos, que hasta te pueden dar el avión completito. Lo que realmente recibes es alimento para el alma.

A veces te acogen porque no hay más adonde ir, y mis hermanos lo saben, si acaso lo recuerdan; las casas gentiles a veces están habitadas por señoras de voces roncas, muy roncas y poco dadas a los cariñitos, pero que derramaban sin cesar protección y cariño exactamente cuando más se les necesita ¿a que sí? Otras casas gentiles son como agentes infiltrados, esto es, ubicadas en lugares donde parece que no les importas un carajo cuando en realidad están más que pendientes de tu bienestar. Y muchas son como esas donde lo único que falta a tu llegada es la alfombra roja, con la corona y el cetro al final de la pasarela, flores, globos y payasos.

Muchas he conocido yo en ya unos buenos años. Resulta que la vida nos da las oportunidades y luego, la muy canija, ni nos avisa, de modo que venimos a descubrir dónde estamos acogidos luego de saborear, por ejemplo, comida comestible para servidora, que ya se sabe que llegué tarde al reparto del sentido del gusto; un menú de fideos con tacos de pollo, o huevos a la mexicana en Toluca para sus señorías; berenjena disfrazada de filetes empanizados y meatballs; fuentes enormes de arroz blanco con vasos y más vasos de leche; pollo con mole cruzando el pasillo al aire libre a la cocina, allá donde decían que mataban; y me temo que así podría seguir por décadas. Es que el detalle importa ¡los menús de las casas gentiles siempre han sido alucinantes! Es el aliño lo que cuenta y la conjugación del verbo poner: ponerse al día, poner morado al personal, ponerse hasta atrás y hasta arriba de bebida y comida; vamos, hasta poner la mesa. También el verbo cuajar, ya me entienden.

Soy muy afortunada porque no soy capaz de contarlas con los dedos de las manos, los pies y aun usando los del vecino: a mi vida han llegado tantas casas gentiles como veces he soñado con conocerlas ¿cómo darles las gracias por la paciencia, las risas, los numeritos, los platillos, tequilas y postres? Por estar ahí para que yo pudiera echarme en esa gran cama de ese pequeñitito-diminuto-enanito apartamento para mirar al techo y echar una estupenda parrafada en Santa Cruz del Monte, o sentirme actriz un rato y pretender que de verdad lo hacía bien, en los ya un poquito lejanos tiempos xipalescos; porque me las ofrecen completas, sin condición alguna y hasta con emoción frente al parque ¿España? ¿México? si es que no distingo uno de otro, perdón… y acá, en este hermoso país donde hay música ambiental en los estacionamientos de grandes superficies, Capilerilla, Pedroso de la Carballeda, Benzojimeno, el barrio de Salamanca hasta hace unos años… camita, comida rica, calor humano, montones de cariño...

Porque Zacatecas, Querétaro, Guanajuato y Pensylvannia comen aparte.

sábado, 16 de julio de 2011

Chi-ca-go. Chicago.

Una de las muchas ventajas de haber nacido cuando nací (en el cuaternario, docta opinión de mi heredera) es cuando decides ejecutar tu derecho de fan incondicional de aquellos artistas y/o grupos que siguen vigentes, aun cuando lleven escondida alguna botellita de oxígeno o su show dure ni un minuto más de lo que sus fuerzas le indiquen, contrato aparte. Y digo esto porque a estas alturas de siglo ni están todos los que son, ni son todos los que están.

Me explico más, pues: yo no sé si será leyenda urbana que Madona siempre ha tenido una cantante de apoyo para cuando le falte el aire, ver sus conciertos de hace 25 años y los de ahora notan diferencias bastante obvias en cuanto a locuras gimnásticas en el escenario, pero poco más. Y los Rolling, tan listos ellos, se plantan diminutos en gigantescos escenarios que disimulan y distraigan del hecho de que los cuatro se mueven nada más que lo estrictamente necesario. Pero todos siguen sonando, vaya si siguen sonando.

Eso por un lado. Por otro, de los más buenos para los que hemos pagado –o gorroneado- nuestra entrada, es el hecho de que ya estamos algo más allá de los empujones, gritos histéricos, nubes de humo y no precisamente del que procede del escenario; pero sobre todo que ya es casi norma tener un asiento asegurado, si bien es cierto que producto de la emoción nos levantemos cada dos por tres, aquí lo importante es poder tener espacio para las posaderas en cuanto la canción se vuelve lenta, en cuanto no la conocemos, en cuanto ya nos fallan un poco las fuerzas. Que tampoco nacimos ayer, repito.

No es mi caso, por cierto. Anoche, como parte de los festejos especiales de Lula sin verano en la playa, me lancé cual ágil saeta a un concierto que esperaba con la misma emoción, lo prometo por las patas de mi cama, que sentía cuando les vi por primera vez, cuando corría el año de gracia de 1975 y el Auditorio Nacional sólo daba cabida a 5 mil almas. Y que conste que no esperaba ni más ni menos que lo que sonó, no en balde ellos llevan… llevan… muchos años juntos, muchísimos. Y aquí retomamos la otra gran ventaja de los conciertos onda parque jurásico: no hay empujones, ni connatos de portazos, ni miedo a las multitudes, de hecho había tanto espacio y tanta emoción, que en cuanto pude –más o menos a los 20 minutos de iniciado el show- me levanté de mi cómoda silla y me bajé a estar con los de a pie, directamente, di-rec-ta-men-te a primerísima fila. Con camarita en mano, por supuesto. A brincar como una loca y cantar hasta quedar ronca, sacrificando con total lucidez el sonido a favor de verlos de cerca, tan cerca que casi podía contarles las arrugas y verles los empastes, cielos.

A este hermoso país, donde un vaso tamaño caguama de cerveza vale 90 pesotes, Chicago nunca había venido. Supongo que el hecho de ser una respetable cantidad de personal, dentro y fuera de escena pudiera haber influido en el precio: muy caro, pa’que me entiendan. Una pena, viendo las laterales superiores totalmente vacías. O que, después de todo, no sean tan archi conocidos como lo son en las Américas. Lo que se perdieron… que los que ahí estuvimos, entre cabecitas blancas, teñidas y totalmente calvas supimos a qué sabe ver a esos que llaman viejas glorias, cuando van más vigentes que muchos, cuando suenan como muchos, muchísimos solamente se atreven a soñar, cuando siguen teniendo interacción natural y simpática con sus fans. Qué regalo. A la misma hora, en un estadio de futbol, actuaban los Black Eyed Peas, favor de imaginarse las diferencias, como el día y la noche.

Qué regalo.

Y la semana que entra, también dentro del ciclo la hora de los dinosaurios, Return to Forever original. A ver.

miércoles, 15 de junio de 2011

Sófocles y los artistas

El otro día, hablando hasta por los codos en una Casa Gentil –tema de un subsecuente desvarío, por supuesto-, salieron a la luz esas pequeñas, diminutas y pequeñitas historias de cuando servidora peregrinaba de artista en artista, como parte de mis labores específicamente no especificadas en el siempre fascinante y hoy casi cadáver mundo de la música en forma de disco.

Corría el año… finales de los ochenta, por las patas de mi cama. Había pasado del infierno chiquito con apellido de actor sublime del cine mexicano a la supuesta seriedad de ser la representante de una parte del elenco ante lo que se llamaban ‘filiales y subsidiarias’, título éste que pudiera ostentar algo de pompa, pero que en realidad no era otra cosa que un enlace para colocar el producto local y a la vez pasar bastante del de los otros… pero con su correspondiente interacción, por supuesto.

Había cosas demasiado fáciles, que casi se hacían solas: no había que echarle ningún seso a cómo colocar la nueva producción de, por ejemplo, la Dúrcal: todos se bebían los vientos porque ella solita era venta buena y segura; pero había que intentar estratagemas de lo más variado por conseguir interés, o siquiera ganas, de probar el rock mexicano o la música ‘popular’ en España, Argentina, Chile o Venezuela, por ejemplo. Y cada semestre, más o menos, teníamos que acceder a promocionar al artista más fuerte de cada país de centro y Sudamérica… nosotros sabiendo de antemano que poco o nada iba a pasar. Pero había que hacerlo: intercambio diplomático, supongo.

Así que tratar de imaginarse a servidora acudiendo a los aeropuertos, hoteles y presentaciones siempre con el tiempo pegado al trasero, nerviosa y alocada, súper contenta y con la cabeza hecha un cicirisco en el sublime vocho que le había comprado a Michele, el único e incomparable Sófocles (sí, yo tiendo a ponerle nombre a mis cosas ¿no se habían dado cuenta?). Pues eso, al principio yo acudía y luego, conforme subió el nivel de responsabilidad y funciones –NO el de sueldo-, Sófocles pasó a ser más que una herramienta de trabajo. Silencioso y disponible, era capaz de sobrevivir con la mínima manutención. Fue el eficaz transporte de artistas nuevos, artistas consagrados y quesque artistas, junto con sus representantes, músicos, asistentes, parejas y ligues; con él no había distinción, aunque varios bípedos de todas las anteriores clasificaciones se lo hicieran.

Juan Luis Guerra, pobrecito mío, se tenía que desdoblar para salir, y como nunca se quitaba el sombrero, bueno, daba hasta ternurita… un Ramazzoti aún desconocido llegando en vocho al Palacio de Hierro a comprar maletas… la Trevi, que no tenía para el taxi… todos los de rock en tu idioma, tooodos… José al cuadrado, Mr. Muñiz y su junior, nunca juntos, eso sí. Cómplices, Mateos (uno de los que le hizo fuchi a mi amado coche), el grandísimo Lerner, apellidos como Mier, Vázquez y Esparza… ¡Xuxa!, que nunca sabré si le hizo gracia o fingió con arte tenerse que subir a un cochecito… Uy, este que cantaba ‘Mi abuela’ ¿el General? Cielos… Era una coyuntura donde la música empezaba a ser pirateada en forma de cassettes ¿quién demonios iba a piratear los vinilos? Y eso garantizaba trabajo para muchas, muchísimas personas… Sófocles terminó su labor cuando yo terminé la mía ahí, para iniciar una nueva vida a 10 mil kilómetros (esa soy yo) y él… bueno, donde ellos suelen acabarla.

En fin, que algún día sacaré la historia completa de cincuenta días y 6 países viajando con la Trevi. Se le dio la calidad de proyecto del año, se le invirtió hasta la desesperación, e incluso se pasó por alto la extraña situación que la rodeaba. O de mis vanos intentos de viajar el frente de aquellos tan broncos… oh, sí, con gastos más que bien pagados. O cuando fui jurado en un festival internacional… en una provincia de Colombia (¡alucinante!). Sabina y sus secuaces. Los festivales de Acapulco, madredelamorhermoso… Eso da material para varios desvaríos.

Me sugirieron que podría escribir sobre los excesos, sus desmadres y cosas que nadie podría saber sin haber estado allí. No lo sé. No lo creo ni lo he creído en todos estos años… por ahora. Que no es la caja de pandora, ni mucho menos: es que creo que si empiezo, a saber cuándo podría parar…